jueves, 4 de agosto de 2016

Amor
amorfo
amordazado
mordaz
ha mordido a su amo
ha muerto en mi mano
amor
roma
mar muerto de amor
amor muerto de amar
amor mar que me ahoga
amor sed de tu mar



"no le temas a la poesía. Ella, que es sólo amor, transgrede las prohibiciones y se atreve a mirar de frente a lo invisible. El poeta, como Orfeo, desciende a los infiernos, al fondo del lenguaje, para recuperar su alma. Gracias al milagro de tu aparición –las Musas han querido que seas nuestro testigo-, quiero dejarte mi retrato, el de un poeta ajeno a las cualidades, la reputación, las leyes; sin nombre ni edad ni país ni raza ni historia, peregrino en el encanto abominable de las formas, mensajero de lo esencial, es decir de sí mismo, desdeñando los ensueños del pensar, haciendo de todos los caminos su camino"

martes, 10 de febrero de 2015

este silencio que (en tu nombre) la noche amordaza
indagándome con su voz ininterrumpida, próxima al olvido

caigo hacia adentro, como atraído por un agujero que me fractaliza
oigo voces que no existen
el universo fluctúa su enérgica maraña multidimensional

el viento hace gestos en los árboles
percibo cada poro que se dilata y absorve esa amalgama
me unifico a su textura
mimetizo su fragancia y la respiro
soy uno con ella
la sangre un torrente por las venas
la cabeza un caos controlado
y alguien observa
alguien respira
alguien indaga, busca un espejo
alguien huye
busco la nada
la encuentro en el viento
vuelve el que observa e interrumpe

cómo volver, cómo volver es el dilema
sin intermediarios
sin despedidas
cómo volver sin dejar de ser
cómo regresar a lo que fue ayer
a lo que es hoy sin ser mañana
a la atmósfera que nos succiona

cómo salir...

adaptarse
mimetizar
fractalizar la consciencia
adentro como es afuera
ya somos lo que fuimos y seremos

qué paso dar
hacia dónde

paciencia, paciencia
ya llegará el acontecimiento que le dará sentido a todo

la razón, desmitificarla

el ego, confrontarlo, desvelar sus conflictos

fluir con lo natural, con la naturaleza sabia

amar


Huida

Adónde vas
no te alejes tanto
déjame volver.
Te espero.
Aún sangra esta herida
el tiempo de tu ausencia será el  preciso para sanarla.
Te pienso
no creas que no.

La noche anterior a nuestra charla ya te sentí
ya te vislumbré como una esperanza
el corazón no tiene tiempo ni espacio.

Estoy de acuerdo con esta distancia, por ahora
sé que es necesaria
para ambos.

Qué más puedo decir
que no nos hayamos dicho ya
tácitamente.
Aún no sé muy bien
adónde fue tu cuerpo.
Te extraño
te pienso
te siento.


sábado, 4 de enero de 2014

Oración

Profundamente, ya habiendo experimentado los placeres y las desdichas humanas del mundo, no todos, los suficientes quizá para reconocer, desde un autoanálisis que no busque sabotearme sino aproximarme lo más sinceramente a mi verdad, podría decir que no haría falta mucho para persuadirme de continuar este trayecto terrenal. No veo a esta idea con el dramatismo de un suicida sin vocación, sino con la sinceridad de quien percibe que inconscientemente funciona un mecanismo que nos revela a nosotros mismos. Este mecanismo sería la metáfora que hay detrás de nuestros actos, en la palabra que no se dice, en el silencio que nos esconde. Existe un estado en el que conviene abandonarnos en la tranquilidad de esa certeza que nos absorbe y envuelve de una paz y de un amor (por darle un nombre, que no le hace justicia), y sentir desde el espíritu que es cierto, aunque la razón desconfíe. La idea es luchar contra ese yo que creemos ser, que sostenemos actuando al personaje. Cuando  se desmoronan todas las estructuras que sostenían nuestras antiguas verdades, y nos creemos locos, perdidos, porque el susto de estas revelaciones nos desestabilizan, y comprendemos que es necesario caminar lo más descalzo posible, lo más desnudo que podamos, para llegar puros, para no alejar la mirada. Y si tropezamos, poder volver, querer volver y actuar en consecuencia. De la misma forma esta certeza divina me revela un misterioso designio, a través de este camino que ya estoy transitando; el destino es él, Dios, la esencia de todo, energía divina. El trayecto es lo que debo asimilar y lucharlo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cuento para niños, cordura y suerte


Como consecuencia del drama judicial (más que literario) suscitado por las obras “El túnel de mi abuelita”, de Ernesto Domingo, y “Mi tortuga corre más rápido”, de Guadalupina Muchaplata, miembros del autodenominado grupo EPP  (Escritores Para Pelotudos) se llamaron a asamblea en el espacio creativo “El café, la literatura y yo” para debatir acerca de los parámetros más justos para evaluar una obra  y/o catalogarla como plagio.

Increíble cantidad de escritores de todas las edades se presentaron al llamado que esta academia de autodidactas realizó días atrás para debatir sobre el tema que tanto aqueja a la sociedad artística y a la economía nacional: el plagio.

Sin embargo la diversidad etaria  reveló  otros dilemas del rubro. Como los escritores más antiguos cuestionaron la idoneidad de los más pueriles para juzgar o intervenir en un tema tan delicado, en respuesta, los jóvenes, más osados, plantearon condenar, antes que el plagio, la mala literatura; hecho que algunos lo interpretaron como una indirecta oprobiosa.  Pronto surgieron los más libertarios exponiendo ideas como “quién es quién para juzgar la literatura”, en eso algunos escritores asociados al gremio ELITE (Escritores Lindos Inteligentes Totalitarios y Estéticos) presentaron sus respectivas membresías que los habilitaban como profesionales pertinentes  para realizar dicha actividad indagatoria.

Frente a este escenario se imponía un paisaje desconcertante en un rincón alejado; los escritores más pequeños, hijos de algunos de los presentes, permanecían callados, dibujando, pintando, escribiendo, intercambiando lápices y papeles, sonriendo, disfrutando, abstraídos en su universo interno, imperturbables.

Al término de la infructuosa reunión que no dejó satisfecho a ninguna de las partes, los escritores adultos que fueron a recoger a sus hijos observaron los papeles escritos y dibujados y preguntaron de quiénes eran esas obras. Los niños, en un gesto de desentendida culpa escondieron sus manos hacia atrás, y dejando caer sus crayones dijeron que esos papeles no les pertenecían, que ya estaban ahí cuando habían llegado.

jueves, 20 de junio de 2013

aprendizaje

aprender a

olvidarte de memoria

reconstruirme como si no me hubiera muerto una semana

desempolvarme los sueños de mi rostro

construir una palabra silenciosa

postergar un suspiro

dejar un recuerdo para mañana

cansarme de decir tal vez

sombra y uno mismo


"Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía"

Oliverio Girondo
-Hola -dijo la voz que no tenía rostro ni cuerpo. Yo miré a todos lados. La noche estaba fría.
-Hola, -dijo otra vez.
-Hola -dije por decir algo. Tuve miedo. Estaba solo en la calle.
-Hola -dije de vuelta y me fijé en mi aliento que salía como humo de cigarro.
-Estoy aquí -dijo la voz y también pude distinguir su aliento en el muro.
-A dónde vas -preguntó.
-Voy a mi casa.
-¿A qué vas?
-Tengo frío -respondí.
-¿A qué vas? -Volvió a preguntar.
-No sé. Tengo frío y es tarde.
-¿No sabes a qué vas a tu casa?
-Voy a dormir, a comer.
-Así que estás cansado y tienes hambre.
-Sí. ¿Quién sos? ¿Qué sos?
-Yo soy tu sombra. Quedé atrapado en este muro.
-¿Cómo fue que pasó eso?
-No sé. Tú siempre dejas tus cosas por ahí. Seguramente eso pasó.
Me fijé en el piso girando una, dos, tres veces. La luz de aquel alumbrado era débil, pero aún así debía proyectar alguna sombra mía.
-Es verdad. No tengo sombra –dije.
-Por qué habría de mentirte.
-No dije que mintieras.
-Dudaste de mí, de tu propia sombra. Quizá por eso me dejaste.
-Yo no te dejé.
-¿Entonces qué pasó?
-No sé. Recién ahora me percato de tu ausencia.
-Ni siquiera te esfuerzas en disimular tu desinterés.
-No es que no me interese. Es que uno no se anda fijando en su sombra a cada rato. Las personas asumen que están ahí, como siempre. Perdoname pero debo irme ya.
-¿Así sin más?
-Sí. Hace frío -dije y me alejé lento, con un extraño sentimiento de angustia. No debí tratarle así. Quizá deba volver a disculparme.
Llegué a casa y encendí la luz de mi habitación. Nunca aquella luz me pareció más trágica y cruel. Busqué mi sombra en el piso. Fui por una vela, también probé con una linterna pero no funcionó (a la linterna le faltaba una pila). Apagué la luz y pensé en mi sombra. Mi sombra, dije.
Desperté muy temprano. Lo de la noche anterior seguía presente en mí. ¿Lo habré soñado? Había un poco de luz que entraba por la ventana. No quise levantarme. No quería mirar el piso. Mi sombra, mi sombra, pensé en voz alta sin atreverme a desviar la mirada del techo. Me dispuse a levantarme, lentamente, inclinando la cabeza levemente hacia arriba.
-Qué te pasa -preguntó mi madre.
-Nada -dije. Fui al baño y no quise mirar el espejo. No sé por qué no quise mirar el espejo. Bueno, voy a ir hasta el muro. Voy a ir hasta el muro sin mirar el suelo.
Con la cabeza siempre hacia adelante caminé intentando tropezar lo menos posible. Llegué al muro pero no encontré mi sombra. Miré con ilusión el suelo pero tampoco estaba ahí.
-Acá estoy -dijo.
-Dónde, pregunté ansioso.
-Acá, escondido entre la sombra del árbol. Esta mañana pasó una señora y me miró extrañada, indagando en vano el paisaje, buscando un objeto que me proyectara. Creo que logré convencerla de que era una mancha.
-Me buscaba a mí…
-Sí.
-Perdón por irme así anoche, no es que no me importaras. Tenía frío y estaba hambriento y era tarde…
-No hay problema.
-Quisiera… quisiera que vuelvas…
-¿A dónde?
-A mí…
-No quieres eso.
-Sí quiero. Quiero que vuelvas.
En ese momento se acerca una mujer de avanzada edad, con pasos cansados, como si estuviese cargando algo pesado en la espalda. Se detiene justo frente a mí.
-Qué raro –comenta- hace rato me pareció ver una mancha acá, -dijo señalando con su bastón tembloroso, y pretendiendo, con su mirada incisiva, encontrar un gesto de aprobación en mi rostro.
- Yo no vi nada, señora.
- ¡Señorita! –exclamó alterada, y se alejó lentamente.
- No es bueno que te quedes más tiempo –dijo la sombra.
- Pero vuelvo esta noche –dije. La sombra no respondió.
Todo ese día fue terrible. Sólo podía ver las sombras de todas y cada una de las cosas que observaba. Personas y objetos; cada uno con su sombra. Algunos se daban el gusto de tener dos o más. Yo sin embargo ni una sola. Una mujer en cuya sombra me había fijado con insistencia me tomó por sospechoso y se alejó sin disimular su desprecio. Sentí su mirada como si me hubiese lanzado un escupitajo. Los que estaban cerca también se alejaron, todos y cada uno de ellos con sus respectivas sombras. Me quedé solo, porque sentí que era el único hombre, el único objeto sobre la tierra a quien le estaba vedado mostrar su lado oscuro, el único objeto del cual la luz no conocía su rastro. Giré de inmediato con la intención de huir también y fue tanta mi prisa que estuve a punto de chocar contra un anciano.
-Perdón –dije.
-No hay problema –contestó con voz cansada, y me quedé viendo cómo se alejaba con su bastón golpeando el suelo cada dos pasos.
- ¡Espere! –grité y llegué a él, chocándolo esta vez.
- ¡Usted también!… digo, usted tampoco –corregí, haciéndole gestos hacia el suelo. El viejo me agarró fuerte de brazo, escogió el camino desolado y caminamos por el medio de esa calle.
-¿Por qué no subimos a la vereda? –pregunté. El viejo se detuvo justo después del golpe del bastón.
- ¿Es que acaso no lo sabes todavía? –dijo con su voz ronca y cansada.
-¿Saber qué? Lo que sé es que ni usted ni yo tenemos sombra.
-¿Sombra? ¿Todavía la llamas así? ¡Ay! Estos jóvenes de siempre… Lo que tú has perdido es tu muerte. Tu muerte única y personal. Tu muerte tácita, secreta y anónima. La sombra no es más que su disfraz, la mortaja con la que cubre a sus portadores. La metáfora. Sí. ¿Quién se anda fijando en su sombra? ¿Quién anda pensando en la muerte, en su muerte? No te fíes de ella, puede aparentar inocente para hacerte volver. Los años me han enseñado a cuidarme. Evitar las veredas con muros oscuros es un buen comienzo. Aunque no parezca hay muchos como nosotros, pero nadie lo nota. Algunos ni se enteran de haberla perdido e inconscientemente la recuperan. Tú tienes suerte, chico.
-Debo admitir que lo que dice usted es muy interesante señor, pero debo irme ya.
-No olvides eludir los muros oscuros.
-Ok, no lo haré. Gracias por los consejos… Este viejo está loco. Aunque tiene algo de coherencia lo que dice. Pero ¿Gente que anda sin sombra por ahí? ¿La muerte disfrazada? Mientras pensaba en todo esto fui llegando al muro de mi sombra. No quise arriesgarme y fui por el medio mismo de la calle. Todo estaba silencioso y hacía frío.
-¿Hola?... ¿Sombra? –dije y me acerqué un poco más.
-Acá estoy –dijo.
-¿Dónde? –di un paso más- ¿Dónde? –pregunté otra vez y vi mi aliento que salía como humo de cigarro.
-Acá estoy –escuché y pude ver cómo el vapor de un aliento subía frente a mí. La luz del alumbrado era débil, pero aún así no me atreví a mirar el piso.

martes, 11 de junio de 2013

Oda a mi generación (Canción y texto de Silvio Rodríguez)

No me había percatado de que Oda a mi generación podría ser asumida por personas de otro tiempo. Veo que quienes son revolucionarios por estar a la altura de sus circunstancias podrían sentir esta canción como propia, también podría decirse que pueden suscribir esta canción los que no se amilanan frente a las contradicciones, los que quieren ir más allá, incluso de sus propias dudas; los que entienden que lo que está en juego, o sea, el destino de este país, los trasciende como persona. Pero hay que decir que no todos tenemos el mismo aguante. Dicen que el umbral del dolor es más sensible para unos que para otros, por eso esta no es una canción que califica;  no puede serlo, porque está escrita desde el desgarramiento. Esta es una canción de alguien con principios y con consciencia, de pie ante sí mismo tratando de responder a cuestiones que no se suelen formular en voz alta. Es que habían cosas que eran necesario decir y que no estaban dichas. Me parecía que pronunciarlas era una necesidad inclusive colectiva, una forma de exorcizarnos de temas que suelen parecer tabúes.

viernes, 19 de abril de 2013

Metasaurio


Cuando Gregorio Samsa despertó las naranjas aún estaban ahí. Intactas en color y forma. Amarillas, pálidas sin miedo.

Dos, eran dos. Una tenía lunares. La otra era lisa, asfáltica. Empecé por ella. La corté por la mitad sin remordimientos. Sangró poco. Exprimí. Exprimí más. Intenté sacar todo el líquido y no cayó ninguna semilla. Agarré la otra mitad. Lo mismo pero igual. Agarré a la moteada, intuí el corte a la proximidad de una de sus manchas y la rasgué. Fallé su proporción. La exprimí ya sin esperanzas. La otra mitad. 

 Entonces llega alguien y me dice: Recuerdo cuando era alguien y la idea de la muerte me hacía asumir la existencia y sus implicancias desde otra perspectiva.