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martes, 23 de febrero de 2010

diario de una ausencia

fecha indeterminada...

Ya sé, es difícil. No sé cuánto tiempo ha transcurrido; un día, tres años, dos semanas... los relojes no funcionan en estos casos. Sí, la distancia hizo tiempo en el reloj del celular, ese aparato tan silencioso ahora, tan ajeno a mí, tan vacío, tan muerto. Creo que podría ser tu tumba y yo su cementerio. A veces te visito desde lejos, reconozco tu epitafio en esa pantalla vacía e intento exhumar tu cuerpo pulsando letras y números desesperados; pero no, es el temor, es el miedo a la necesidad de volver a enterrarte, a mirarte y reconocer que no estas muerta, ni siquiera dormida, y saber, y sentir que soy yo el que muere, el que agoniza en ese espacio vacío de caracteres, en esa línea intermitente que amenaza con la posibilidad de una palabra y que marca el pulso de un corazón que se resiste a otra muerte. Ya sé, ha pasado tiempo. He vuelto al vicio silencioso de los libros, a la madrugada y sus huecos en donde te atrapo y te suelto para volverte a atrapar; ese extraño juego de ir y venir de posibilidades. Es tarde. No sé cuánto tiempo ha pasado en el reloj del celular, pero sé que es tarde, demasiado tarde.